En el ámbito educativo múltiples estudios demuestran que, efectivamente, la naturaleza mejora el aprendizaje. Y, desde la psicología ambiental, explican los beneficios del contacto directo con la naturaleza y su efecto restaurador (en Japón la Medicina Forestal es una subespecialidad del sistema público de salud). Recientemente, también en nuestro país comienza a recetarse naturaleza…
En la actualidad a menudo se habla del Síndrome de Déficit de Naturaleza (Richard Luov) para determinar las consecuencias de perder contacto con la naturaleza. Un concepto que tiene antecedentes, entre otros, en la idea de Extinción de la Experiencia de Robert Pyle, que hacía referencia a la creciente desafección de la naturaleza y sus efectos; en la necesidad de despertar el sentido del asombro ante la naturaleza, que detectaba Rachel Carson. O en propuestas como: el Nature Study Movement en Estados Unidos, con su mantra “aprende en la naturaleza, no en los libros”, tras la publicación de Man and Nature (G. P. Marsh); el surgimiento de la ecología profunda; modelos educativos basados en la experiencia significativa, ante el riesgo a divorciar la educación de la vida real (Dewey), (María Montessori), (Rosa Sensat); la hipótesis de la biofilia (E. O. Wilson) o la necesidad humana de relacionarnos con otras formas de vida; el aprendizaje fluido de Joseph Cornell; o en España, por ejemplo, en la experiencia de la Institución Libre de Enseñanza, sus excursiones y el estudio de las profundas relaciones entre el paisaje y las personas.
Ante la actual crisis ecosocial nos parece necesario volver a reconectar con la naturaleza, recordar nuestra ecodependencia, y despertar la biofilia. Para así, poder reintegrar nuestras formas de vida en el funcionamiento de los ecosistemas de manera justa y armónica.
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